domingo, 17 de julio de 2022

Niebla (1914) y San Manuel Bueno Martir (1931) - Unamuno

Esta entrada combina dos obras de Unamuno que he leído seguidas. Empezaré por la primera en orden cronológico de publicación: Niebla.

El amor es un éxtasis, nos saca de nosotros mismos

El amor precede al conocimiento, y éste mata a aquel

Una de las cosas que me da más pavor es quedarme mirándome al espejo, a solas,
cuando nadie me ve. Acabo por dudar de mi propia existencia e imaginación,
viéndome como otro, que soy un sueño, un ente de ficción...

(Augusto, personaje principal de la obra)

Esta última frase creo que es un buen ejemplo de en torno a qué pivota esta novela: la angustia existencial. Y es que, aunque en un principio puede sonar a típica historia de amor tradicional, romántico, platónico ("mi Eugenia, sí, la mía, esto que me estoy forjando a solas y no la otra, no la de carne y hueso") algunos retazos nos van redirigiendo hacia algo mayor.

    

Así lo vemos cuando Augusto se refiere no ya a su amor por Eugenia, sino por la abstracción femenina materializada en todas las mujeres. Esta es una primera forma, a mi juicio, de introducir algo más profundo, un cambio de actitud vital y un ansia, como diríamos desde la terapia existencial, de perdurar a través de la mirada de un otro ("lo que yo necesito es alma, y una alma de fuego como la que irradia de los ojos de Eugenia"). Y posteriormente cuando, con el curso de los acontecimientos, se nos habla de la existencia pura y dura, la temporalidad, la muerte, en un final majestuoso donde el protagonista tiene unos diálogos tremendos con el propio autor de la obra (sí, dialoga con el propio Unamuno,  incluso se rebela contra él, y no tiene desperdicio) en una especie de paralelismo entre un diálogo entre el hombre y su creador/dios.

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La segunda obra es San Manuel Bueno Martir, basada en un cura carismático y sus dilemas de fe. Dilemas resueltos, de una forma que puede considerarse brillante o bien detestable pero, como leía en una crítica, que podría ser molesta tanto para creyentes como para ateos.

Habrían creído a sus obras y no a sus palabras[...]no hay más confesión que la conducta



Unamuno nos lleva a través de este personaje a sus propios dilemas, esos que escribía él mismo en otras obras. También nos recuerda que estos dilemas, o incluso crisis de fe (fe religiosa, pero también de otros tipos) es un condición inseparable a la existencia de las personas. Al menos de las personas inquietas de mollera. Y él lo era. 

San Manuel nos esconde una cara no advertida a primera vista, que conforme sale poco a poco a relucir, nos sorprende y nos crea misterio. Para ir soltándonos, poco a poco, una buena hostia de realismo. Una contradicción tan a priori imperdonable, pero tan humana...

En este sentido, me gustaría recordar las palabras de Juan Martínez (mi padre) al respecto: "aceptar nuestros desencantos como parte inevitable y necesaria del vivir. Y, sobre todo, que nos lleven a la superación, no al desánimo". Esta superación la entiendo yo como un continuo fluir que a veces transita caminos de desencanto, incluso de desanimo temporal, pero que no se paraliza (en el pensar, en el buscar, en el enseñar, en el vivir, en el aceptar, y en el partir cuando llegue la hora). 

Creo que San Manuel es un buen ejemplo de esto.

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