«Ahora el tiempo es importante para mí, me digo. No el hecho de que pase deprisa o despacio, sino el tiempo en sí mismo, como algo dentro de lo que vivo, algo que lleno de cosas físcas y de actividades que me permiten compartimentarlo para tenerlo siempre presente y que no desaparezca sin que me dé cuenta»
Trond es el protagonista de esta historia, que el autor narra alternando dos líneas temporales: el Trond de la adolescencia por un lado, y el de la vejez por otro.
Se nos muestra al Trond mayor recordando al adolescente en una serie de vivencias que nos ayudan a entender su evolución, mientras a su vez vamos conociendo también poco a poco al Trond actual (el mayor), y vamos conectando las vivencias del adolescente con las características del Trond presente.
La evolución tiene unos puntos clave a través de la relación con su padre o su mejor amigo de entonces, que suponen figuras tan importantes en lo positivo como en lo negativo. A través de ellos llega a toparse con una crueldad de la vida muy poco amortiguada con explicaciones de sus allegados (esta falta de comunicación a veces puede resultar desesperante), con momentos que suponen un antes y un después en esta evolución.
Me recordó la gran importancia no tanto (o no solo) de lo que nos ocurre, sino de cómo ocurre y de la red de apoyo con que contamos para ayudarnos a dar un sentido.
La lectura es fluida, y nos lleva también al clima invernal nórdico (que he disfrutado más al coincidir con días de más frío aquí, todo sea dicho), y a la naturaleza de una vida en el campo.
Eso sí, por momentos he sentido como el autor se enfrascaba mucho en la cotidianidad, con poca sustancia. Realmente la sustancia aquí está contada de forma muy sutil. Lo cual quizá no satisfará a cualquier tipo de lector, si no se tiene esa paciencia de sumergirse en la atmosfera mientras va entendiendo a veces entre líneas.

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